patrimonio Los altillos del museo son un espacio aún no mostrado y solitario de lo que fue historia cotidiana de Potosí.
Alejandra Pau / Potosí
Fotos: Alejandra Pau
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Vista desde el interior de una duendera hacia los ambientes exteriores |
Hay lugares a los que se tiene que ingresar casi a rastras. El frío golpea con fuerza en el último piso de la Casa de la Moneda, en Potosí. Sus pasajes y cuartos oscuros forman un laberinto de accesos arqueados, ventanillas pequeñas y, en ciertos lugares, al dar un paso el piso tiembla. En este lug ar, la soledad parece haber construido su morada hace siglos.
Hablamos de las “duenderas”, que no son otra cosa que los altillos, llenos de silencio, hasta donde los turistas no llegan. Sobre ellos se han contado muchas historias a través de los siglos, convirtiendo estos espacios en lugares místicos, legendarios y con anécdotas hasta sobrenaturales.
Hablamos de las “duenderas”, que no son otra cosa que los altillos, llenos de silencio, hasta donde los turistas no llegan. Sobre ellos se han contado muchas historias a través de los siglos, convirtiendo estos espacios en lugares místicos, legendarios y con anécdotas hasta sobrenaturales.


